miércoles, 8 de julio de 2009

"Blanco" continúa

Ocho poemas eróticos y tres canciones bucólicas, para cerar con un treno llamado "Monstruo". O por lo menos, ese es el plan. Les adelanto, una de esas canciones bucólicas que uno escribe cuando empieza a preocuparse por no haber escrito nada en meses. Con grandes expectativas... (La pintura me recuerda el lugar que me dio material para este poema, es de Sanislaw Malovsky.)


Rosas

¡Qué gran devastación, Silvia!

¡Y los leños esparcidos

y nuestras ánforas rotas

y el mundo hecho pedazos!

Sobre la fría colina,

en la sombra de los lobos

-de las llamas de peregrinos

hijas insomnes en duelo-

esa música descansa,

ese coro desgreñado

cuya música es febril…

la música de mi casa.

¿No se levanta mi casa

acaso en ese paraje?

¿No son sus columnas blancas

esas piras mutiladas?

¡Qué gran devastación, Silvia!

¡Silvia, de manos pequeñas,

donde el amor es condena

y confesión a un tiempo.

Todo está arruinado, roto

y las mujeres van llorando

y los niños mendicantes

que nos incordian la vida,

Todo está arruinado, Silvia,

la cara pesa cual lastre,

como una máscara blanca

de sonrisa escalofriante.

Ya no recojas los vidrios…

basta… basta… calla y siéntate.

Tus dedos tímidos sangran

por la espina de las rosas.

¡Avelina Lésper... como caída del Cielo!!!

Hace un par de años publiqué por esta ventanita un artículo que se llamaba "Otra vez, la Academia". Lo escribí justamente después de una reunión en la casa de la escritora chileno-costarricense, Tatiana Lobo: una de esas reuniones donde uno sale con ganas de decir la verdad a los cuatro vientos. En aquel momento, hablé sobre qué debía considerarse arte académico, arte oficial, etc. y qué arte moderno; pues, de la manena más anacrónica, las academias de arte en Costa Rica -que son las universidades estatales- se auto-consagraban como vetas abiertas del puro arte de ruptura y vanguardia. Criticaba yo en ese artículo que lo considerado por la Academia (o sea, la universidad) como arte moderno, no era otra cosa que su propia producción de influencia social, que entraba y salía de las aulas universitarias sin el menor contacto con la realidad social que pretendía defender. En un mismo comentario quise llamar a estos académicos mistificadores e hipócritas, quise demostrar cómo los artistas de oficio, esos que trabajan días enteros en sus proyectos, que estudian a los grandes maestros y miran el mundo con los ojos agudos de la contemplación, eran vilipendiados cruelmente por la Academia, llamados anacronistas por ella, vituperados por creer en la técnica y en el talento, y silenciados con todo el peso de la ideología impuesta desde las cátedras.
No obstante, mi artículo no despertó ningún interés entre los lectores que envié a mi blog para que lo ojearan. Un poco triste, un poco molesto, aun creyendo haberme equivocado, lo retiré de las entradas.
Y, hará no pocos días, mi amigo, el pintor Cris Arias, me envía el texto de la crítica de arte,

Avelina Lésper.

Me sorprendió cuánto las consideraciones de esta especialista se asemejaban a las mías. Cuánto el drama de la poesía era similar al de la plástica. Cómo "el mundo es igual en cualquier parte". También me dio miedo... miedo de pensar en que no haya sitio para el verdadero arte, de que esos hipócritas y mistificadores financiados por los Estados, alejen a los verdaderos artistas de la gente y hagan a ésta creer que el arte no es más que un gesto snob y estúpido.
Empero, por otro lado, me sentí tranquilo de no ser el único a quien aquejan estos terribles pesares. También confieso que me dio un poquillo de orgullo saberme dentro de la nueva contracultura. ¡Dan ganas de brindar!
Les recomiendo que visiten el blog de esta mujer tan lúcida. Me mataron de risa las fotos de basureros y carros chocados que lucían la calcomanía de "Please, don't take me to a museum". Gracias a Avelina Lésper por su buen tino y valentía. Ahora, florece el deseo de empuñar otra vez.. la pluma -¡que uno sólo quiere cuando sabe que va a sacar sangre!

Vale!

domingo, 21 de junio de 2009

Solórzano con nueva obra

Nuevamente, Gustavo Solórzano Alfaro saca a la luz su obra poética. Esta vez, por partida doble. El próximo martes 23 de junio presentará en el Centro Cultural Mexicano, en Los Yoses, sus dos últimas publicaciones: "La condena" y "La múltiple forma del delirio". Ésta última, intentaré presentarla al público de la forma que merece. Publicar es cosa ardua para los poetas independientes (qué horrible manera de llamar a los buenos poetas). Solórzano constantemente nos demuestra que fortuna fortes adiuvat. Parece que el horizonte está más claro ahora, ¿no lo creen, amigos? (En esta foto aparece el poeta con el pintor Cris Arias y su hermana, Natalie Castro, durante la Navidad de 2005).

lunes, 13 de abril de 2009

Un libro que cuesta demasiado

El último libro en que trabajo se titulará "Blanco". El riesgo es grande. Cansado como lo estoy de los comentarios raquíticos que debo asumir por parte de los escritores "modernos", decidí meterme en ese tranvía de la simplicidad. Bien lo dice Pessoa:

¿Valió la pena? Todo vale la pena
si el alma no es pequeña.

Acusado de caer en los "lugares comunes" del barroco (¡Jajaja! -permitan que me ría), me veo obligado a caer en los lugares comunes de la poesía "moderna". El resultado fue espectacular. Este poema que entrego reza esa estética (a más de un mafu-poeta le arredra esa palabra) y, en lo personal, creo que ha añadido algo a lo que vengo escribiendo. Cerraba el recital "Himnos sacros y canciones paganas" este poema que transcribo. ¡Ojalá lo disfruten! El cuadro que adorna esta entrada se llama "Hetaira" y es, claro, de Cris Arias.

Nocturno


Una meretriz dejó tibias

sus lágrimas en mi calesa,

al golpe del bastón robusto.


En la puerta un hombre moría

con su cara del mundo enorme;

yo dormí con su sino infecto.


En los parques de jovencitos

aquel vampiro sonrojado

muestra su costado sangrante.


Yo, puta de viril locura,

clavo los abúlicos cetros

como los lobos el colmillo.


¡Beba yo de su ojo negro,

Satán enhiesto como un roble,

del precipicio en la cornisa!


La sangre cuelga lujuriante

de mis dos ojos arrancados,

y baña el pecho de un mendigo.


¡Ese era su nombre, Julia!

como se nombra al Paraíso…

y yo agobié su caro néctar.


sábado, 11 de abril de 2009

¡En mi jardín! ¡¡En mi jardín!!

Me encuentro muy disgustado con el señor editor y escritor de la revista “La revista”, Greg Kedrovsky, por haber colocado su “revista” en mi jardín, a manera de quien tira un poco de papeles. Primero porque la delicada composición de mi hermoso jardín es cosa de cuidado y respeto, en segundo lugar, porque el contenido de la revista pudo haber esterilizado mi noble jardín hasta volverlo un yermo, en tercero, porque es de pésima educación arrojar basura a los jardines ajenos. Tal parece que, como hace 500 años, los misioneros del Cristo -católicos o peor- consideran que sólo basta con llegar a un jardín y plantar una cruz para imponer un credo durante toda la eternidad. En este caso, el señor Kedrovsky se equivocó redondo, pues, en mi jardín la metafísica es muy, muy mal vista y no solo por las flores a quienes la metafísica repugna como a ninguna criatura, sino también por su señor, que es un tipo muy cartaginésmente huraño y que, apenas haber encontrado la revista afeado la grama y molestando a los pececitos orientales y a las impasibles estatuas de náyades y efebos, colocó un letrero que dice así:


Tresspassers will be prosecuted


Disponíame yo a tirar el famoso panfleto fundamentalista cuando mi amante regular sonrió al entrever que uno de los artículos de la revista intentaba probar -según el autor, lo probaba irrefutablemente- la existencia de Yahvé del Sinaí (o Gehová, depende de la pronunciación) por medio del diseño del... banano. Sí, lectores míos... del banano. Y... ¡a la mano de Dios!... Cito:

“El banano: la pesadilla del ateo

Observe el banano: tiene la forma perfecta para la mano humana, y una superficie antideslizante. Tiene indicadores externos del contenido interno: verde, demasiado temprano; amarillo, listo; negro, demasiado tarde. Tiene un abre-fácil para quitar la envoltura. La envoltura viene perforada para que sea fácil de abrir y además es biodegradable. El banano tiene una forma cilíndrica, perfecta para entrar en la boca humana, hay una punta en la parte de arriba para facilitar la entrada en ésta. Es agradable al gusto y, sobre todo, es curvo hacia el rostro para facilitar el proceso de comérselo. Decir que el banano llegó a existir por accidente es tan poco inteligente como decir que nadie diseñó la lata de Coca Cola.”

Ufff... eso es todo, alma mía. Aviso que me tomé la molesta libertad de corregir el estilo del texto, aún así, quedó como se lee. Censuremos, en primera instancia un par de cosas: el anacronismo de “ser biodegradable” algo contextualizado bíblicamente y la imprecisión de usar el adjetivo “inteligente” en un artículo como este. La crítica literaria ya está. Estéticamente sería como perder el tiempo criticando una canción de Arjona o Sabina, que, con muy distinto contenido, comparten ese estilo oscilante entre lo cotidiano, lo vulgar y lo imbécil. Vamos a la hermenéutica (o exégesis, el autor habría querido llamarlo así). Ya todos leímos el texto, ahora... el “banano”... ¿Es una metáfora? Porque a mí me sugiere otra cosa. La experiencia de legiones podría atestiguar que esos rasgos no son privativos del banano -con la única salvedad de “los indicadores externos”, y aun esto se presta a interpretaciones. En suma: quien se haya comido una polla en su vida, aunque sea una sola, queda bien confundi@. Eso es todo... ya está bien. Sin embargo... un consejo: bien lo dice el dicho: “donde tengas la olla, no metas la polla.”

No me da miedo colocar ese letrero en mi jardín porque, a pesar de que “Dios atraviesa caminos misteriosos”, estoy seguro que no fue un dulce niño quien invadió mi jardín, sino un monstruo torturador de físicos, alquimistas y artistas. Y en mi jardín esas perversiones son las únicas que no se permiten.

viernes, 10 de abril de 2009

Carthago... delenda est?

San José es demasiado injusta con Cartago. No por haberle quitado la capital. Eso estuvo muy bien (Dios nos libre), sino por no comprender el sentido profundo del sufrimiento de esta vieja ciudad y abandonarse tranquilamente a los prejuicios más crueles.
Se acusa a mis nuevos convecinos de ser desconfiados, asustadizos, ensimismados, huraños, de ostentar una especie de soberbia derrotada, de ser obstinados y silenciosos. Todo ello, claro, es muy cierto -sin derecho hasta ahora de hacer la salvedad de nadie, pues, en un año de vivir en la ciudad, no he visto nada que me disuada de esos rasgos. Pero como estoy convencido de que todas las generalizaciones son, necesariamente, falsas, decido comentar mi tesis. (¡Ojalá no termine haciendo yo mismo una generalización, como ocurre de continuo!)
Cartago no tiene la culpa de ser Cartago. Cartago fue designada por el poder central de este país como “Cartago”, sin remedio, sin derecho a protestar, sin derecho a nada... “Cartago, el mito”. Para la gente de San José y el resto de ciudades grandes es muy conveniente que Cartago sea Cartago: en ella, todos los caracteres nacionales, todos los rituales adustos y todas las tradiciones viciosas que enorgullecen al ser costarricense oficialmente establecido, tienen su asidero, su residencia. ¡Qué bien! De esa manera, al oeste del Ochomogo, todo el mundo puede ser libre y feliz, mientras la impronta de campesinos sencillos, devotos y montaraces permanece intacta tras las montañas, en la triste y olvidada ciudad de Cartago, ese receptáculo de la culpa, ese botadero de la moral costarricense, ese banco de la humilde vergüenza cristiana.
¡Todo el mundo se queja de Cartago! No sólo los cartagineses -quienes podrían tener buenas razones para hacerlo- sino que todo el mundo... se burlan de haber sólo cuatro bares visitables, de que en ellos la gente permanece sentada y hablando entre los mismos, del clima, de que “está muy largo”, etc. No obstante ello, las otras ciudades duermen tranquilas en su ebriedad desenfadada, mientras todo el peso de la moral tica cae sobre los cartagineses con el desmesurado volumen de una enorme basílica. ¡Ah, claro...y la Basílica! Allí, ese símbolo de la “identidad” (¡bah!) costarricense, de la devoción de un pueblo de “buenas costumbres” y muy “educado” -nótese que empleo la retórica ambigua de las maestras del sistema educativo-, de la “fe” de un pueblo se levanta impasible... lo suficientemente “largo” como para que la liberalidad de los modernos metropolitanos no sea sorprendida en su acto de voluptuosidad.
Es muy fácil ser puritano en San José, en Cartago es muy difícil porque hay que serlo de verdad: la Negrita está muy cerca y nos verá hacer maldades... ¡Qué vergüenza! Por eso los jóvenes aquí sufren mucho. Sus padres los obligan a cumplir una régula que, no los padres nada más, sino todo un país y su moral retrógrada les impone. Deben esconderse -es comprensible que tengan miedo de todo-, deben negarse tres, cuatro, mil veces, deben desconfiar de todos -pues alguien podría delatarlos, otro... también consumido por el miedo, uno que venderá a su hermano, pues le han enseñado a ser un cobarde, bajo la norma del cilicio. Y todos ellos, en sus almas, cociendo un odio y una culpa y una soledad que no les pertenece.
Y se pregunta uno: ¿por qué este ensañamiento contra Cartago? ¿Acaso a los guanacastecos se los obliga todo el tiempo a andar en enaguas gigantes todo el día, a lucir chonetes y a bailar el tambito? Por otro lado, se ha reflexionado en el hecho de ¿qué haría la libertina San Pedro con una basílica enorme como la culpa en sus vecindades? ¿Cómo florecería el alegre mercado del opio en Alajuela si, en lugar de un aeropuerto rebosante de internacionales delicias, tuvieran una piedra mágica de donde es imposible mover a la Madre de Cristo? Y las legiones rojas de la UNA ¿no sentirían un escalofrío cuando, a sus espaldas, susurrara la abuela cuaresmática: ¡que vergüenza, papito, la virgencita lo está viendo transgredir!? Encima, Cartago está considerada en el mundo académico desde la pura perspectiva tecnológica -en el sentido moderno, claro. No hay un teatro, no hay una sala de conciertos propiamente dicha, el centro cultural de la ciudad es pequeñísimo y parece que la filosofía y el debate de los “valores” nacionales no son problema de ITCR, hasta donde me he informado.
A Cartago se le ha asignado, en la agenda histórica de los deberes nacionales, únicamente la obligación de cultivar la doble moral de nuestro pueblo. Para no aburrir con discurrimientos teóricos, me limito a dar noticias de algunos casos ejemplares que podrá el lector interpretar:
En un bar -lugar que revela nuestras almas fustigadas- cuatro muchachas y un muchacho... el muchacho está allí no para divertirse sino para “cuidar” a las hembras del clan; cuando llega un forastero a hablar con alguna de ellas, él debe mostrarse receloso y grosero; quizás, llegar a los golpes. Igualmente, él no pretende cortejar a ninguna muchacha, pero siente el deber de velar por su “virtud”. El resultado es que todo el mundo, locales y extranjero, sufre.
En otro bar, uno “gay”, afirma el dueño que: “Aquí no se permiten las escenas amorosas”. No se le puede agregar nada a eso.
En la parada de buses uno le pregunta con todo respeto y modales ingleses a una señora una dirección y ella se molesta porque no se siguió protocolo (¿cuál?), por ello no contesta y se muestra ofendida en su amor propio.
Un tipo te lleva al trabajo en su carro, lo cual se reditúa. Una día, te dice que el carro se ha descompuesto... No pasa nada... uno toma el bus y ya. Una vez en el trabajo, uno ve entrar al tipo en el carro, con otro tipo, también compañero del trabajo, sólo que este vive en San José. Conjetura muy parecida a la verdad: El tipo no durmió en Cartago sino en la casa de su amigo en San José, pero nadie debe enterarse ¡JAMÁS!
A lo largo de la carretera, entre la bruma helada, se siguen a cortos trechos los carros con parejas de enamorados. No tienen dónde ir, no pueden vivir independientes porque eso no es bien visto, los bares no son lugares decentes para las parejas; en la mínima intimidad del metro cuadrado que disponen en medio de la calle, habrán de practicar un amor trémulo e indeciso. ¡Es un horror no tener un carro!
Es una fiesta. El lugar está a reventar. La mayoría de los presentes son hombres. Hay demasiados hombres y poquísimas mujeres. El lugar se calienta, el licor y el tabaco enrarecen el aire... demasiados hombres... poquísimas mujeres, mientras la naturaleza apremia... cada vez, el sexo femenino escasea más, las mujeres deben marchar, pues “es tarde”, los hombres quedan solos... nuevamente la soledad, la tristeza de volver a la casa materna, la tristeza de no haber amado tampoco hoy, y el horror a la pederastia...una chispa, una chispa cualquiera desatará el incendio. Minutos después, bajo una lluvia de cristales afilados, el rostro de un hombre desaparece bajo el peso de una inmensa piedra. La sangre parece una fuente rota.
En otras partes no se conoce con esta facilidad a jóvenes que amen tanto el opio. Es un amor obseso, ilimitado, como el que se experimenta por una mujer o un hombre, es un amor doloroso y lleno de insatisfacciones, pues está allí para suplir al verdadero amor que no aparece, que es demasiado prohibido.
¿Se puede decir que todo esto es normal en Cartago porque Cartago es un “pueblo”, una aldea? ¿En realidad se puede decir algo así -admitiendo por un momento ese absurdo urbanocentrismo imperante? ¿En realidad, esto no debería alarmar? ¿No debería provocar debate, discusión? ¿Acaso, “no importa”?
Cuando la tarde despeja y la imponente bruma secular descansa majestuosa sobre los cerros colosales que sirven de centinelas invencibles a la vieja Cartago, un sol de oro blanco inunda como el aire el paisaje todo. Los campanarios se levantan impasibles entre la deflagración del ocaso. Una helada briza templa los músculos y apura el pulso. Las solemnes ruinas extienden sus jardines, donde esa rara belleza morena de ojos claros o rubia de mirada bruna se despliega en solaz tranquilo: mujeres de nigérrimos cabellos como la seda y prominente pecho de halcón, varones de perfil recio y corpulencia helénica... luego de romper “la bruma”, gente encantadora, refinada, atrevida, dulce y culta, buenos bebedores, excelente amantes. Esa es la gente de Cartago, más allá de su condena, más allá de nuestros prejuicios.
¿Acaso me equivoco... y todo son delirios por ser un paria que vive aquí y allá, impresiones despreciablemente subjetivas? ¿Acaso lo mismo se puede decir a la vez de Cartago y Londres? Pero si tengo algo, un poquito de razón en lo que he expuesto, sería bueno que revisaremos nuestras opiniones, esas que esgrimimos con tanta libertad, sobre nuestros hermanos de Cartago. Es fácil regañar a los hermanillos por no hacerle caso a la mamá o burlarse de ellos porque sí le hacen caso... cuando uno ya no vive en... casa de la mamá. Vale!

Mea culpa

Celebro de la Semana Santa la oportunidad única de dedicar dos días enteros a la ironía sobre sí mismo. Eso le ocurre a ciertos seres humanos cuando se quedan encerrados de forma anormal e involuntaria en su casa (sobre todo si esa casa, además, está en Cartago) -otros (el resto de la humanidad) se volverían locos, se matarían entre ellos y terminarían por automutilarse.

Y ¿cómo no ironizar, al verse en casa con unas cuantas botellillas de vino cuya triste apariencia de provisiones en caso de desastres naturales es ineludible; comiendo diez mil calorías que más tarde nos va a cobrar muy caro la sexualidad de los otros, enriqueciendo el diccionario universal de maldiciones y putazos, -como habría dicho mi abuela seguramente en otro contexto- criando mala sangre?
Se agudiza el genio... se le exige al intelecto y al encanto por igual... se apuran las copas con viril resolución... El resultado siempre es el mismo: nunca se provee uno de suficiente licor... los invitados se aburren, las bromas se hacen básicas, el nivel de la conversación desciende, todos nos ponemos demasiado coloquiales y, al final... esa antaño alegre cofradía está irremediablemente en el huerto de Getsemaní, sudando sangre.
Alguna vez... si hacemos suficiente ruido, las élites ineptas, obtusas y pertinaces de nuestro país decidan respetar la decisión de todos aquellos que NO SON CRISTIANOS a no celebrar los ritos de la culpa, la muerte y la desolación.
En tanto, como no se puede hacer nada al respecto en una república confesional como la nuestra, hay que aprender a organizarse mejor... coordinar foros en la red para mejorar el contacto, promover el servicio de bares clandestinos en hogares y parques, implementar planes en pro del servicio de acompañantes inmediatos... en fin, crear un plan de emergencia entre nosotros, los paganos; claro está... en medio de la desagradable sensación y con la triste referencia de los preparativos previos al Diluvio Universal.
"La unión hace la fuerza" -reza el viejo lugar común; así que, en adelante, miraremos a la SS como una temporada para hacer nuevos amigos y probar nuestro sentido de la sociedad. ¡Ánimo! Y el próximo año no celebraremos una Semana Mayor, sino una Semana Suprema. Esto es todo, por ahora. Dominus nobiscum!