miércoles, 12 de diciembre de 2007

Alarma descompuesta

Aunque parezca ridículo el hecho de que la academia literaria costarricense (entiéndase por esa fantasmagoría, las Universidades y sus "hijos" editoriales) no acepte en sus filas de publicables el género de la prosa poética, lo cierto es que a este género (banal palabra) se le tienen cerradas todas las puertas. Uno se enfrenta a necedades de todo tipo: "¿qué es? ¿un cuento o un poema? ¿por qué no está escrito en verso?" (sin tener noción alguna de qué significa un verso o creyendo que un verso es una línea escrita que no llega al fin de la página). No hablamos de legos, pues estas preguntas han saltado desde los corazoncillos mismos de académicos a quienes he tenido la desgracia de consultar sobre mi obra. Aconsejo a los escritores que han seguido la huella de Baudelaire, Rimbaud y Paz, entre otros muchos, y sus interesantes caprichos técnicos que no desfallezcan en el arte de la prosa poética. De hecho, los invito a que presenten sus obras a la gente joven (la que es realmente joven, no los remedos de juventud provenientes de ciertas escuelas marxistas). Los jóvenes (sea lo que sea que signifique esta palabra), si son buenos lectores y se han mantenido milagrosamente lejos del snobismo institucional de la cultura costarricense, serán sus mejores críticos. (Y espero no haberme dado esa ingenua esperanza a mí mismo.) He aquí un poema en prosa. Su estilo no es menos clásico que los poemas anteriores, sin embargo, la ambientación es distinta y el motivo se acerca mucho a la poética de F. Pessoa, con quien comparto muchas ideas; así que el poema no "parece" tan "clásico". Mas adelante, espero hablar un poco de qué significa la palabra clásico en nustro tiempo, término mal empleado (no me refiero a la tesis de M. Quirós, filólogo, sino a otra cosa) que tiende a confundirse con todo... y no exagero. En fin, agradeceré sus cometarios para "Alarma descompuesta", un poema de mi libro "La posesión de este mundo".


Alarma descompuesta


Contigo a solas, oh dulce compañera de recuerdos, debo tornar mis ojos con rumbo al sendero de esta existencia exhausta. He perdido el tren, el tren que seguramente habría de conducirme a la armonía con los hombres y las cosas de los hombres. ¿Qué hacer en tal caso sino desaparecer en el gran bazar? ¡Quedarme allí, rumiando el silencio de los escaparates vacíos y mi análoga tristeza! Es de mañana en el bazar y hay poca gente ¡poquísima! ¿Qué hacer, oh alma mía, sola compañera de mis viajes infaustos? He pedido un café en El Vivaldi, movido por mi propensión a los ojos azules cuando son muy hermosos y he cavilado ¡oh dicha! sobre la vida. Sobre la vida cavilaba, así, tomando un café servido por fino camarero, así, tomando un café matutino en el solariego bazar de un pueblo fantasma mientras me finjo en otras partes cualesquiera. Ah... si la vida fuera aún más hermosa y pudiera, como hoy, perder el tren (¿qué tren?) y encontrar, de mañana, el bazar de ruidos ausente y serenas sus calles; entrar en un Vivaldi y reposar, pluma en mano, bajo la luz bruja de los ojos azules multiplicados, cada alborada, como el cielo estival... Dar la cuenta de que el mundo es solamente un esto bello e insignificante. O no vivir, nada más, inconsciente como las flores, los colores y las otras cosas bellas, cuya única razón de ser es ser bellas. He aquí el heroísmo: un pasajero, casi errante ya, haría la más insólita extrañeza, pelearía, iría a la guerra, se batiría contra el mundo, compondría un poema amoroso y, más tarde, loco y pletórico de sensaciones confusas, tributaría el dichoso anatema a esos dos pontos cerúleos, del cielo estival plenos.
Sí, alma mía, otro cigarrillo. Reparemos en una buena jugarreta, trágica y sutil, juguémosle una chanza al tenaz Intendente, quien no dudará en escarnecernos, salpicarnos de vituperios como escupas e injuriarnos a placer... “el tren, el tren, el tren” –rugirá el tenaz Intendente. Pero tú habrás de ignorarlo... pedirás otro aromático brebaje turco cuyo tibio tenor alivianará el peso de esta vida helada... ¡infundiremos vida a este cuerpo de congojas malherido! Y, asidos de un coraje maldito, amaremos la sombra que yacerá al costado, la que ahora se acerca a respirar las flores, la que levanta el dosel de ese estanco, la que mira el reloj con asombroso desespero, la que sirve el café. Alzar la tacita, cual vínica copa e, igual que un insoportable borracho, saludar a Fortuna y decir ¡por esta vida leve que nunca tarda más que una mañana perdida, aun, insólita; y por Amor, por que coseche sus dorados frutos en esta yerma parcela del olvido!

1 comentario:

Rebeca dijo...

Indudablemente, un poema bello, lleno de escenarios que nos hacen vivir el momento y encarnar el personaje. Es un regalo a nuestro espíritu, como todo lo demas que nos regalas Luis, a nosotros los lectores que sabemos apreciar tu buen arte.
De nuevo, ha sido un deleite leer este bello poema en prosa, y espero seguir leyendo muchos mas, un saludo.