
¡Oigan esto, gente sensata!
El Observatorio por la Vida y la Familia… organización ecuménica, convoca a una marcha en contra del aborto y las uniones gay.
(No sabemos qué tiene que ver una cosa con la otra. Ellos sí. Pues si involucramos el aborto con esos maricones… suena más tremendo.)
Vestidos de blanco, muchos costarricenses que “temen oponerse abiertamente contra la existencia y práctica de la homofilia” pondrán su granito de arena en esta lucha sempiterna contra el mal.
¿Y la verdad? La Iglesia, como principal órgano represivo en Costa Rica, ha logrado enajenar la conciencia de miles de costarricenses, a través de sus campañas regulares de estupidización masiva (como ésta que se celebrará el próximo sábado), su infierno terrible y su damnación impenitente. Arrean a esta pobre gente, la visten de blanco y –puro Minor Calvo- la obligan a marchar sobre la dignidad de sus propios hermanos.
¿Se le olvida a los grupos fundamentalistas religiosos la de escándalos que han protagonizado en los últimos años? ¿Se les olvidan las mismas teas de Minor contra el encuentro de trabajadoras del sexo? ¿Olvidan la escenita de ese mismo curita en La Sabana… solicitando prostituto?
¿Olvidan al Padre Enrique y su Hora Santa? ¿Desde dónde la transmite ahora? ¿Aruba? ¿Bahamas?
Sería imposible hacer síntesis de todos los pastores millonarios que experimentan epifanías donde se les anuncia a cuál chiquilla de la congregación deberán desflorar…
Los ticos no somos idiotas… Olvidadizos, quizás… perezosos… pero no idiotas. Estos conquistadores con sus cristos clavados deberían dejar de jugarse ese número de los espejitos.
Para los creyentes, este antiguo monaguillo –¡tranquilos! ningún cura me violó-, que creció leyendo la mitología judeocristiana y que conoce la Biblia hasta en latín les quiere decir algo:
La religión del Cristo se resume en una palabra: amor. Amor en todas sus formas… amor indefinido, amor ilimitado… AMOR en esencia… nunca explica cuál en particular, nunca excluye un tipo de amor ni dice que “este” o “aquel” es mejor.
Cuando una iglesia nos dice que hay que repudiar, que hay que excluir, que HAY QUE JUZGAR… esa iglesia no tiene nada que ver con el hombre que murió por amor.
En los Evangelios van a encontrarse un pasaje donde Jesús madrea a los Fariseos y Escribas del templo:
“Y vosotros… fariseos, hipócritas… sois como ataúdes blanqueados, que por fuera os mostráis lustrosos y pulcros pero que por dentro estáis llenos de toda clase de suciedad y corrupción”.
Acuérdense que fueron esos fariseos los que se encargaron de conspirar hasta colgar al hombre que dijo estas palabras en una cruz romana, como una chuleta.
No permitan, gente, que los obliguen a marchar de fariseos. Noten la similitud que hay con esos curas y pastores que dicen tener la verdad. Los Evangelios nos enseñan que la religión de Jesús es de los sencillos, de los pobres, de los abandonados, de los perseguidos… no de los príncipes de Roma, no de los millonarios pastores que se cogen a sus hijas, no de los curas nauseabundos que violan muchachitos porque no son SUFICIENTEMENTE VALIENTES PARA MOSTRARSE EN LAS CALLES CON OTRO HOMBRE DE LA MANO.
Dicen los Evangelios también que todos somos hermanos… ya sea que vayamos a tal o cual iglesia, ya sea que como buenos gentiles no vayamos a ninguna.
Acuérdense del mandamiento nuevo que, según el mismo que lo propuso, supera a todos los otros:
¡Amaos los unos a los otros!
¿En qué lugar de esta frase dice que hay que excluir, que juzgar, que hay que odiar?
Recuerden los Salmos, el pasaje de Jonatán… ¿Dice allí que hay que odiar a las personas que aman a su propio género? Creo que no.
Y en todo caso…
La gente sensata de este país no va a permitir este desfile del Kukluxklan. Vamos a estar en la Plaza de la Democracia y vamos a alzar la voz, vestidos de colores, de los colores de la vida.
Y para terminar: a los organizadores de este desfile del Odio. Unas palabras de alguna de sus anteriores víctimas… Vamos a ver… a quién escoger… Lorca, Tchaikovsky… Oscar Wilde… ¡Lo tengo!
¡El misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte!
Oscar Wilde.