martes, 10 de noviembre de 2009

¡La vida bonita! ¡La vida bonita!

Es la doctrina de Epicuro bien entendida –no imaginar a Epicuro obeso, ebrio y decadente per se; es mirarlo obeso, ebrio y decadente por no poder estar él satisfecho, alegre y ser valiente. Para vivir bien -bien, en el sentido nietzscheano- hay que ser un temerario. No queda alternativa. Esa falta de alternativa no es ni debe parecer un aliciente a nadie. Es una pena, una inevitable pena. También decía Baudelaire en esa misma obra: hay que estar siempre ebrios: de vino, de virtud, de poesía, a vuestro antojo. Nótense las posibilidades.

La opción contraria: falta de erotismo, abstemia, pragmatismo obsesivo, conduce a la enfermedad del alma. La gente mira el hastío no como al enemigo que es sino como un bien doloroso, hijo del sacrificio, hermano de la buena reputación, suegro de la responsabilidad… ¡Toda una parentela tenebrosa! No pocas veces he sido testigo de este deterioro espiritual (mis amigos, los psicólogos, le llaman con un tecnicismo: depresión). Es así como parientes y conocidos enteramente sanos terminan haciéndose adictos a los programas de televisión amarillistas, a los periódicos –toda clase de ellos-, a las religiones –toda clase de ellas-, a las enfermedades, CCSS, a la automedicación, a los obituarios, catástrofes, sucesos, etc. ¡Cuánto menor daño les harían las drogas comúnmente ilegales! Y aunque el daño fuere el mismo, por lo menos la piedad de éstas con su menor tardanza ¿no mejora las sutiles larguezas de aquéllas?

En efecto, considero que el daño del opio material no supera el del etéreo morbo del hastío.

 No soy ingenuo sobre las dificultades de renegarse contra la moral mediocre de un pueblo supersticioso. Es claro que, al igual que el triste inquilino buadelaireiano del piso alto que dejó caer objetos contundentes sobre el vidriero convencional aquél, es menester un enorme aplomo, un deseo de transcender el dolor y una valentía aquilea. Mas, ¿si no podemos detentar esas virtudes, nos es también vedado soñar con ellas? ¿No podemos hacer esporádicos simulacros de alegría? ¡Salvarnos de la atroz adicción al sufrimiento?

Ante este mal, no veo un remedio más allá del eros. El eros que no ha sido corrompido por la culpa, que no se ha escindido de su naturaleza material. Allá donde vino y opio no se distinguen de los ornamentos, tocados y galas de un tálamo –quizás efímero.  

6 comentarios:

Asterión dijo...

Texto muy acertado, con lo mejor de tu estilo, amparado en dos titanes.

Un saludo y un brindis por ello.

Luis Antonio Bedoya dijo...

Gracias, hijo de las estrellas! Era un viejo abejón en el buche... Espero conjurar algún mal con esto. Salud!

Frank dijo...

Concuerdo con Asterión.

Luis Antonio y demás escritores:

Los invito a leer en mi Blog selección de poemas del libro "Fingida lágrima" (Alquimia, 2003). Otros poemas. Y la entrevista hecha a don José León Sánchez en donde, creo, dice cosas inéditas.

Saludos!

Alexánder Obando dijo...

Bellas ideas expresadas bellamente (digo esto sin ningún tipo de ironía) pero a veces uno siente las ganas de repetir esas últimas palabras del Beethoven moribundo al avisársele que el vino de propiedades curativas finalmente había llegado: "¡Demasiado tarde!"

Aún con esta nota pesimista que le he agregado, te agradezco una reseña culta, inteligente y amena.

Gracias.

Luis Antonio Bedoya dijo...

Como siempre, Alexander, es un placer y un honor tenerte por aquí. ¿Qué decir? Me regocija imaginar que de repente un resquicio se abre y podés echar un vistazo a los campos de Dionisios. Esto me insufla un poquito de vigor para seguir soportando las tinieblas.

Jorge O. AC dijo...

Siento que he hablado contigo sobre esto…
Saludos amigo, es interesante andar por acá, parece que soy el único lector no escritor en los blogs que he visitado.