lunes, 13 de julio de 2009

Joven

La juventud es lo más hermoso de la vida. Nada se compara con ella, ni la posición ni el dinero ni la experiencia. Ser joven es la única razón de vivir, el único sentido de la vida.

Con una triste sonrisa y un tanto cabizbajo, estos pensamientos ocupaban mi atención, sustrayéndome al mundo. Con dolor constataron mis ojos que ese rostro reflejado por un bronce no era ya el de un muchacho alegre sino el de un hombre maduro y lleno de culpables alegrías. No me reconocí en él. Razones como estas me conmueven y han marcado una tendencia en mí: casi nunca disfruto de la compañía de personas mayores y jamás con la de viejos… la única excepción es la señora Carmen Güell, la única dama decimonónica en el sacro sentido que conozco y, acaso, existe. Las personas que tiene la desgracia de compartir mi edad me parecen, con tres salvedades hasta hoy conocidas por mí, lo más execrable de la raza humana. (Hace no mucho, me vi obligado a saludar a gente del colegio y casi desmayo de la impresión).

Sólo me complace compartir mi tiempo con la gente joven. Son los únicos que entienden mi obra, mi humor y mi sentido de la belleza y el placer. Por supuesto, me siento ridículo al pararme junto a su frescura y belleza, pero es un dolor que reconozco necesario y acepto.

Tengo 34 años. Para ellos, Luis Antonio Bedoya fue a la escuela con San Isidoro y asistía a los conciertos de Bach. Cuando me preguntan algo de la vida de un autor o filósofo, inconscientemente creen que lo conocí personalmente… cuando era joven. Son, no obstante, tan dulces que jamás abandonan en mi camino a la sombra.

Debo, sin embargo, reconocer, no sin cierto dolor, que los más pequeños han sido cruelmente embaucados por sus mayores, al punto de hacerlos creer una realidad que no existe. Los han hecho creer que los méritos no existen. Sus padres, incapaces en el terreno de la enseñanza, les han concedido caprichos necios y estériles… por ello, estos dulces niños han llegado a creer que, allá afuera, todo se les concederá.

Todo el mundo tiene miedo de los viejos. Yo, también. Ahora que soy uno de esos monstruos, me doy cuenta. Pero estos jovencitos no tienen miedo. Al principio admiré este comportamiento, pues me parecía un acto de valentía. Luego, descubrí que era un fruto de la más pueril ignorancia. Pobres niños que jamás fueron alertados del peligro que representan los viejos. ¡Qué infame recuerdo para sus padres que únicamente les enseñaron a temer de la vejez, su lascivia y su exceso!

Por eso, algunos se han acercado. Han creído que la cortesía, las maneras, el conocimiento, el talento y aún, el afecto, son suficientes en el mundo de los viejos. Creen que todos los viejos son doncitos bonachones como papi y mami, dulces ancianitas como la tita o agradables esclavas como la empleada. Ignoran que hay antiguas quimeras y terribles esfinges, la cuales tétricamente se ríen. Se ríen de esa fácil dicotomía entre el bien y el mal que rige la moral aprendida por los tiernos pimpollos, se ríen de su dios protector, de su curiosidad inconsciente, de su pose decidida, de su triste destino.

Por eso nos hablan. Por eso nos invitan a sus casas. Por eso quieren que los llamemos por sus nombres. Pero, llegado ese momento, frente a frente… la nada, el silencio, el absurdo. No sale una palabra de la boca del joven temerario que invitó a su casa a una Gorgona, a una terrible Gorgona.

El peor perjuicio que produce la sociedad a la joven criatura es demostrarle su falta de carácter. Una sociedad herida, impotente, absurda y raquítica, que sucumbe ante aberraciones como la piedad y, amén de ellas, confunde y pierde a su prole.

Nuevamente, pienso que la triunfante irreverencia de las generaciones viejas tocó extremos vesánicos. Ahora, los pobres jovencitos sólo tienen una arrogancia y un zurrón embelesado cuyo contenido es una idea vacía.

Y duele profundamente, saber que la suerte está echada para ellos y nosotros.

4 comentarios:

Asterión dijo...

Qué retrato y qué reflexión más duras, pero simplemente verdaderas, si tal apelativo puede aplicarse sin pudor.

Un abrazo.

Luis Antonio Bedoya dijo...

Gracias, hijo de las estrellas! Para el retrato me inspiré en el pintor Cris Arias, como colegirás. Quisiera presentarte el poema "Monstruo" es el penúltimo de la colección "Blanco" que estoy a punto de cerrar. El tema es el mismo.

Otro abrazo para ti, hermano!

Ale dijo...

Totalmente de acuerdo en lo que anotas en los últimos párrafos. Además concuerdo con eso de que los padres les enseñan a los jóvenes a temer de los mayores (al menos en mi caso fue así, frase típica: mejor juntese con gente de su edad, es más conveniente... cómo si eso marcara alguna diferencia), sin embargo, ¿con qué fin hacen eso?. Creo que es cuestión de los mismos estereotipos que la sociedad ha impuesto, muchos creen que los "viejos" son los que pervierten a los más jóvenes, situación que a veces resulta al contrario. Pero claro, también está la otra cara de la moneda, no todos los adultos opinan lo mismo que vos, normalmente la mayoria se considera superior a los "carajillos" (única superioridad: la numérica) a los cuales les llevan, solamente, un par de años de diferencia, simplemente no se sienten cómodos de compartir "su" espacio con gente menor (Situación típica: Escena 1: gente "mayor" hablando de asuntos de trabajo, religión, sexo... lo que fuese, escena 2: llega un boludito de unos 17 años al lugar donde se encuentra reunida la gente mayor, escena 3: la madre apartando al boludito del lugar con un empujoncito "de carino": papito mejor vayase para su cuarto, busque algo que hacer, aqui estamos los "grandes").
Bueno no me voy a extender más, lo que falta es un poco más de contraste entre gente de distintas edades para que no suceda eso que mencionas del jóven temerario...

Saludos

Luis Antonio Bedoya dijo...

Ale:
Esto no lo digo sólo yo, también lo decía Wilde, Ovidio, Anacreonte... Sabías que hay un dicharacho que reza así:
"La juventud es una enfermedad que se cura con los años"
Pues, así de grave es la cosa. Y la razón es sólo una: los jóvenes simbolizan la libertad, la sensibilidad sobre la razón, el amor y todas esas cosas son anatemáticas en una sociedad regida por "rocos" puritanos y obtusos. Ahora, no por eso hay que dejar de luchar y recordarle a esos "rocos" que su sentimiento no es de superioridad sino de melancolía. Un abrazo!